viernes, 9 de octubre de 2009

¿QUÉ ME IMPIDE SEGUIR A JESÚS?


Marcos 10

Siguiendo con el texto del evangelio de Marcos, estando Jesús a punto de partir del lugar donde estuvo bendiciendo a niños y niñas, un hombre llegó corriendo ante Él y arrodillándose, le preguntó: “Maestro bueno, ¿Qué tengo que hacer para conseguir la vida eterna? Jesús le responde: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno fuera de Dios”. Parece que a este hombre le había impactado mucho lo que había visto y oído de Jesús y lo consideraba un hombre justo y misericordioso, pues al llamarle bueno reconocía en Él la presencia de Dios. Jesús tenía autoridad y sabiduría para enseñar, eso lo demostraba con su testimonio.

Jesús le contesta al hombre: “Ya conoces los mandamientos: no mates, no cometas adulterio, no robes, no digas cosas falsas de tu hermano, no seas injusto, honra a tu padre y a tu madre. El hombre le contesto: Maestro, todo eso lo he practicado desde muy joven”. Es importante notar que Jesús aquí no le dice nada sobre el mandamiento del amor a Dios, sino que todos los que se refieren a la relación con el prójimo. El hombre, seguramente conocía muy bien la Ley judía y estaba buscando serle fiel a Dios. Pero Jesús le hace revisar cuidadosamente los mandamientos que se refieren a la injusticia que se comete con el prójimo: contra las personas pobres, indefensas, marginadas, las desheredadas de la historia, la niñez, las mujeres, etc. Creyendo este hombre que se trataba de cosas teóricas, ritos, cultos y sacrificios, y no de un mayor compromiso con la realidad del mundo, responde que sí ha cumplido.


El problema se da cuando, “Jesús, al mirarlo con cariño, le dijo: Una cosa te falta: vete y vende todo lo que tienes y reparte el dinero entre los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme. Al oír esto se desanimó totalmente, pues era un hombre muy rico, y se fue triste”. No cabe duda que a Jesús, este hombre le pareció que tenía toda la buena intención de vivir su fe y comprometerse, sin embargo, este hombre nunca se imaginó que tenía que despojarse de todo, incluso de lo que le proporcionaba seguridad, fama, poder y honor: su riqueza.


Jesús insistió en que hay dos problemas en las personas que no les dejan entrar en el Reino: no saber dónde está Dios, y no saber relacionarse con Él. Se puede saber mucha teoría sobre Dios, ser un excelente teólogo o biblista, incluso rezar u orar mucho, pero eso no significa que se sepa quién es Dios, es dónde está y cómo relacionarse con Él.


Es claro que la riqueza es un obstáculo grave y muy difícil de vencer. Las personas ricas, o sea, las que retienen lo que otras necesitan para no morirse de hambre, ésas no pueden acceder a la vida plena en Dios. Jesús no está dando un “consejo” o una posible vía para quienes buscamos la vida plena en Dios. Jesús presenta al hombre rico el único camino válido para entrar en el Reino: la perspectiva de las personas pobres, la opción por ellas. Ponerse en su lugar, compartir su vida, hacer suya la causa de su liberación. No se trata de un consejo aislado, sino de todo un proyecto de vida. Este hombre no ha hecho grandes males, pero dejó de hacer muchos bienes y ese es su pecado: la falta de sensibilidad ante la persona pobre. Fue tan fuerte el impacto que esto le causó, que se desanimó por completo, y sus buenas intenciones no fueron suficientes para seguir a Jesús, en quien creía y tanto admiraba.


Entonces, “Jesús paseó su mirada sobre sus discípulos y les dijo: ¡Qué difícil es que los ricos entren en el Reino de Dios! Los discípulos se sorprendieron al oír estas palabras, pero Jesús insistió: ¡Qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja, que para un rico entrar en el Reino de Dios”. La cerrazón que el dinero produce en las personas, tan frecuente, tan comprobable cada día, es la que lleva a Jesús a hacer esa exagerada comparación del camello y la aguja. Con la comparación, Jesús indica que es prácticamente imposible que una persona apegada a la riqueza pueda acceder al Reino de Dios.


Los discípulos, “llenos de asombro y temor, se decían: Entonces, ¿Quién puede salvarse? Jesús se les quedó mirando y les dijo: Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para Dios todo es posible”. Con ello, Jesús quiere decir simplemente: es imposible a no ser que Dios haga un milagro y la persona se convierta. Esta comparación exagerada, Jesús la empleó para asegurar que no se desvirtuara la radicalidad de su mensaje. En esta respuesta, Jesús deja ver claramente el amor misericordioso de Dios, que no busca excluir a ningún ser humano, pero sí deja claro que existen exigencias y prioridades concretas para poder entrar al Reino.


Pedro le dijo: Nosotros lo hemos dejado todo para seguirte. Y Jesús contestó: “En verdad les digo: Ninguno que haya dejado casa, hermanas, hermanos, madre, padre, hijos, hijas o campos por mi causa y por el Evangelio, quedará sin recompensa. Pues aún con persecuciones recibirá cien veces más... que todo lo que ha dejado, en la presente vida y en el mundo futuro de la vida eterna””. El seguimiento que exige Jesús, es estar en la disposición de dejarlo todo por Él y su causa: la opción preferencial por las personas pobres; aunque esto traiga serias consecuencias. Como bien dijo Monseñor Romero: “Cristo nos invita a no tener miedo a la persecución, porque, créanlo hermanos, el que se compromete con los pobres tiene que correr el mismo destino de los pobres. Y en El Salvador (y en Latinoamérica, en general) ya sabemos lo que significa el destino de los pobres: ser desaparecidos, ser torturados, ser capturados, ser matados””.


¿Cuáles son las riquezas a las que debo renunciar para seguir a Jesús? ¿De qué seguridades no quiero desprenderme? ¿Le tengo miedo a las consecuencias: persecuciones, burlas, desprecios, odio y muerte, que trae el vivir el Evangelio? ¿Qué me dice este texto del Evangelio? ¿O es que acaso, este texto del Evangelio, me ha desanimado y me voy triste, porque no soy capaz de darme y dar todo lo mío a las personas pobres? “Si Cristo es la riqueza de los pobres, ¿Por qué no es la pobreza de los ricos, para ser la Hermandad de todos?” (Pedro Casaldáliga)

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